El tamaño del dolor que siento por su partida es de el tamaño del amor que le tengo.

Actualizado: 9 dic 2019

Hace un año perdí a mi papá.

Nunca me imaginé que lo perdería, fue muy repentino, yo estaba empezando mi máster, estaba dando mis primeros pasos sola en el mundo, y de repente la vida me manda la máxima prueba de que todo es impermanente. Murió mi papá, y mi corazón se partió en trocitos


Pase días enteros encerrada en mi cuarto notando el dolor que sentía, el nudo en la garganta, el corazón hinchado, el revuelto en el estómago, los ojos inundados de lágrimas, las lágrimas pasando por mis mejillas hasta el cuello, recuerdo no limpiarlas simplemente dejarlas correr. A veces salía de mi cuarto, e iba a ver a mi mamá y a mi hermano y nuevamente me encontraba con esa sensación de corazón roto. Ver que nuestras miradas estaban perdidas, que no sabíamos qué hacer con todo lo que sentíamos, me partía más el corazón, y volvía a mantener mi atención ahí, en lo que sentía. Mi cuerpo me estaba informando que lo más preciado para mí ya no estaba y que eso dolía, y que en esos momentos solo debía estar ahí con lo que yo sentía.


Muchas personas se me acercaron de muchas formas, me escribieron, me visitaron, me dieron lo mejor que podían con las habilidades que tenían, aunque en un primer momento no lo veía así. Como múltiples veces lo he mencionado, la sociedad nos enseña que sentir esta mal, y eso hace que cuando veamos a otra persona sintiendo, el primer impulso que nos sale es hacer algo para que no sientan nada, a pesar de que sentir es natural, es válido y no tiene nada de malo.


Cuando mi padre murió, muchas personas me pidieron calma, me pidieron que me tranquilizara e incluso me pidieron que utilizara mis herramientas como psicóloga para “no estar mal” en un momento en el que lo único que tenía que hacer yo era estar “mal”, era sentir, era pasar por ese dolor. Me pidieron ser psicóloga en vez de humana y eso me partió más el corazón. Cuando alguien me decía ”tienes que calmarte, tienes que estar tranquila y ser fortaleza para tu familia”, yo solo notaba como me hervía la sangre, como se subía la temperatura de mi cuerpo, aghh, me daba tanto mal genio que me invalidará, que no me permitiera sentir. Recuerdo que cuando percibía la mínima invalidación, yo solo asentía y los miraba mal e incluso a veces les decía de una forma muy grosera, “no quiero que me digan eso, yo solo quiero sentir” y no me arrepiento de haberlo hecho, de hecho lo hice para cuidarme, para cuidar lo que yo sentía, me pareció válidante conmigo y eso me lo agradezco.



Solo que el efecto que tuvo fue que las personas no sabían cómo tratarme y muchas se alejaban, y cuando empecé a darme cuenta que aparte de permitirme sentir, también necesitaba compañía y apoyo para pasar por este duelo, tuve que parar, respirar y recordar de dónde vienen las invalidaciones. Sé y en ese momento sabía que crecemos en una sociedad que quiere ser todo menos humana, que no se permite sentir, que no permite su naturaleza, que no mira para adentro sino para afuera y que la forma en la que las personas a mi alrededor se acercaron a mi dolor tenía mucho de eso. Aprendí a leer en las invalidaciones buenas intenciones, sin disminuir mi dolor, sin privarme de sentir, las dos cosas conviviendo al mismo tiempo.


Pasaron los días y mi dolor seguía, -y pues con toda la razón- es que el tamaño del dolor que me da la pérdida de mi papá es el tamaño del amor que le tengo. Es gigante, es inmenso, de hecho ha pasado un año y noto cómo hablar de él me trae mucho amor, pero recordar su pérdida me trae el mismo dolor que sentí días después de su muerte. Mis ojos se humedecen, siento como mi corazón se agita, la sensación es la misma, solo que la duración de ella no es igual, es más cortica. Yo creo que en parte se debe a que desde el momento que me enteré de la muerte de mi papá decidí no huirle al dolor, decidí pasar por él, y escuchar lo que me estaba diciendo. Mi dolor, mi tristeza, mi llanto me decían que la persona que me enseñó todo ya no iba a estar físicamente y que lo único que me quedaba de él fue todo lo que él me enseñó (que es básicamente todo lo que yo sé), es aquí cuando decidí movilizar todo mi dolor. Coger mis alas rotas, coserlas y aprender a volar.


Mi papá me enseñó todo lo que sé, absolutamente todo, desde lo más chiquito a lo más grande todo me lo enseñó, me enseñó a creer en mis ideas y a gestionarlas, a levantarme cada día a trabajar por lo que yo quiero, a amar, a bailar, a disfrutar la vida. Todo eso y más, esa fue su herencia, ese fue su legado, su partida me removió el mundo, me partió el corazón en trocitos, me dejo vuelta nada pero su legado me levanto, no podía quedarme quieta sin hacer nada, si me quedaba quieta era como si mi papá se hubiera ido del todo de este planeta, (es que él vive en mí), en todo lo que me dejo y solo por eso tenía que moverme, con todo lo que mi papá me enseñó, con cada uno de sus gestos, de sus formas prácticas de actuar, cada paso que doy habla de mi papá, habla de la influencia de su vida en mi vida, verme mis manos es ver las manos de él, no solo porque se parecen físicamente, también por cómo las muevo. Cada vez que hablo es darle voz a él, cada vez que hago algo es muestra de su vida en mi vida, y que yo esté aquí, viviendo, siguiendo, es un homenaje a él.

“Cada paso que doy es una muestra de que él trascendió. Trascendió en mí, y trasciende en cada vida que toco”.


Sin duda alguna la muerte de mi padre me muestra mucho sobre la vida y decido seguir porque quiero que su existencia por medio de mi vida trascienda a los demás.


“Cada corazón que toco tiene un toque de él. No estoy sola, siempre estoy con él. De mi andar depende su andar y por eso yo sigo acá. Mi vida es un homenaje de la vida de él”.






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